“Yo soy un simple pecador arrepentido cada día”, dijo con voz serena Raymond Pozo, mientras dejaba al descubierto el peso de una vida marcada por la fe, el sacrificio y el compromiso con su origen.
Desde las entrañas de Las Flores y los montes de Jamei, hasta los escenarios más imponentes del país, este hombre que aprendió a vencer el hambre con carcajadas rompió el silencio en una entrevista íntima, revelando lo que por años guardó en silencio.
El comediante que ha hecho reír a generaciones enteras no esquivó el dolor: dos días después de perder a su madre, subió a una tarima como si nada pasara. “Eso no se olvida nunca. Eso te marca para siempre”, confesó.
En su voz se notaba el peso de muchas pérdidas familiares ocurridas justo antes de salir a escena. La risa, en su vida, ha sido más un acto de resistencia que un lujo del entretenimiento.
A su lado, siempre Miguel Céspedes, su hermano de trayectoria y de alma. Juntos decidieron ponerle freno al humor de colmadón, al negocio pequeño. Se negaron a presentarse en car wash, hasta que no los contrataran en discotecas grandes junto a orquestas.
Luego subieron el estándar otra vez: solo teatros. “No es elitismo, es estrategia. Porque detrás de nosotros hay muchas familias que comen de lo que hacemos”, dijo. Con esa visión empresarial, transformaron el humor en una industria, sin perder su esencia popular ni su humildad.
En medio de esa transformación, creció también su vida espiritual. Hoy, su música tiene un nuevo rostro: lanzó “La guagua vacía”, un tema en rap que no es solo canción, sino clamor. “Si Cristo viniera hoy, se decepcionaría… la guagua se va vacía”, canta.
Una crítica directa a quienes, según él, han convertido la fe en un show más, persiguiendo views y aplausos, olvidando la esencia del mensaje. “La fe es amor, no espectáculo. Es práctica, no apariencia”, insistió.
Pero la grandeza de Raymond Pozo no se mide en aplausos, premios ni taquillas vendidas. Está en su legado familiar. Recordó con ternura cómo su hija Estrellita, tras entrar a una pasantía en Altice, se negó a revelarle cuánto ganaba. “Papi, firmé un contrato de confidencialidad. Nunca te lo voy a decir”, le dijo con firmeza. La otra, Lucerito, estudió sin usar jamás el peso de su apellido. Solo al día de presentar su tesis, cuando pidió a su padre que la acompañara, fue que se supo públicamente que era su hija. “Esa es la mejor herencia que les dejo: el respeto propio, la integridad, el don de gente”, aseguró.
Habló también de los nietos que lo han hecho renacer, de cómo se emociona al verlos crecer, y del amor indescriptible que siente al escucharlos decirle “abuelo”. “Si hubiera sabido que era así, los hubiese tenido primero”, bromeó entre sonrisas sinceras, mostrando que el humor sigue siendo su escudo y su herramienta para sanar.
Frente a las críticas, Raymond responde con silencio y paz. No responde ataques de colegas, no se envuelve en controversias. “Prefiero perder la razón y no la paz”, repitió. Y es por eso que nunca ha estado involucrado en escándalos. “Yo tengo hijos, nietos, y quiero que mañana, cuando toquen una puerta, alguien les diga: tu abuelo fue un hombre correcto”, expresó con determinación.
Nunca ha pisado un escenario donde no pueda glorificar a Dios. Y nunca lo hará. Lo dijo claro: “No importa cuánto me ofrezcan, si no me permiten hablar de Dios, no voy”. Esa convicción, más que un discurso, se refleja en su vida diaria, en su ausencia de polémica, en su rechazo a burlarse de la desgracia ajena. Imita solo a quienes admira, y siempre con respeto. “Yo soy fan número uno de Omega, por eso solo lo hago cuando está brillando. No lo ridiculizo. Lo celebro.”
Raymond Pozo no estudió actuación ni música. Fue sastre. Creció sin comida, sin cama propia, durmiendo con nueve hermanos en una sola pieza. Pero su mamá le dijo: “Tú eres artista”, y él le creyó. Esa palabra bastó para que un niño pobre de San Cristóbal llegara a ser uno de los rostros más respetados del arte dominicano.
Hoy, no teme al final. “No tengo miedo de partir, porque sé a los brazos de quién voy”, aseguró con serenidad. “He cumplido. Y si alguien intenta manchar mi nombre después de mi partida, el pueblo se encargará de decir la verdad”.
Porque al final, como él mismo dijo, “un buen nombre vale más que toda la riqueza”. Y ese, el suyo, lo ha construido con cada paso limpio, con cada palabra justa, y con una fe inquebrantable que ni el oro, ni la fama, ni los reflectores han podido corromper.